- Populismo en España: conceptos, trayectorias y efectos políticos - March 3, 2026
- Populism in Spain: Concepts, Trajectories, and Political Effects - March 2, 2026
El populismo se ha convertido en uno de los principales desafíos a los que se enfrentan las democracias occidentales contemporáneas, al reconfigurar la competencia política, el discurso público y la participación ciudadana (Kriesi et al., 2008; Müller, 2014). Más que una ideología única, conviene entenderlo como un fenómeno flexible que combina contenido ideológico, estrategia política y estilo comunicativo. Desde el punto de vista ideológico, el populismo construye la política como una lucha moral entre dos campos antagónicos “el pueblo” y “la élite” y sostiene que la política legítima debe expresar la voluntad general del pueblo (Mudde, 2004). Desde el punto de vista estratégico, se apoya en apelaciones directas, a menudo desinstitucionalizadas, dirigidas a amplios sectores de la ciudadanía y a apoyos débilmente organizados (Weyland, 2001). En términos estilísticos, dramatiza el conflicto político, personaliza el liderazgo y privilegia una retórica emocionalizada y simplificada (Moffitt, 2016). En España, la literatura académica tiende cada vez más a tratar estas dimensiones como complementarias: el populismo es multidimensional y puede analizarse a través de la ideología, el liderazgo y el desempeño comunicativo (Olivas Osuna, 2021).
España ofrece un caso especialmente revelador porque el populismo ha crecido en distintas fases y en múltiples arenas políticas. El populismo de izquierda emergió primero al calor de la crisis económica de 2008, la desconfianza institucional y la movilización social, cristalizando principalmente en Podemos, un partido político de ámbito estatal fundado en 2014. El populismo de derecha se consolidó posteriormente, estrechamente vinculado al conflicto territorial, las disputas culturales y la politización de la identidad nacional, teniendo como principal exponente a Vox, también partido político de ámbito estatal.
La experiencia española también ilustra cómo el populismo opera en diferentes niveles territoriales: más allá de los partidos de ámbito estatal, las dinámicas populistas aparecen en movimientos nacionalistas subestatales, especialmente en Cataluña y el País Vasco, dos comunidades autónomas con amplias competencias dentro del modelo de Estado descentralizado español.
Este artículo examina el populismo en España integrando los debates conceptuales con las trayectorias políticas del país y sus efectos en las políticas públicas. Se centra en explicar por qué Vox se ha convertido en el actor populista más disruptivo en el ciclo político actual, mientras que el populismo de izquierda, asociado a Podemos, ha experimentado procesos de institucionalización y moderación.
Contexto político e institucional: democratización, estructura territorial y transformación del sistema de partidos
España es una monarquía parlamentaria desde la Constitución de 1978, que puso fin al régimen autoritario de Francisco Franco (1939–1975). El franquismo combinó una ideología nacionalista, conservadora y autoritaria, centrada en un fuerte control del Estado central, la supresión de la autonomía regional, la censura y las restricciones a las libertades políticas y a las instituciones democráticas. El sistema democrático instaurado tras 1978 estableció la separación de poderes, el pluralismo político y las libertades civiles.
Un rasgo definitorio de la arquitectura democrática española es la descentralización territorial. La Constitución creó un “Estado de las Autonomías” abierto y asimétrico, lo que significa que no fijó una distribución uniforme ni definitiva de competencias. En su lugar, las distintas comunidades autónomas desarrollaron con el tiempo grados variables de autogobierno. España está compuesta por 17 comunidades autónomas con amplias competencias en ámbitos como la educación, la sanidad y los servicios sociales. Aunque el modelo combina autogobierno y unidad nacional, su carácter incompleto y evolutivo ha generado tensiones persistentes entre el centro y la periferia. Estas tensiones no constituyen meras condiciones de fondo: se han convertido en recursos politizados que los actores populistas movilizan para enmarcar conflictos sobre soberanía, identidad y legitimidad.

Durante décadas tras la democratización, España estuvo dominada por un sistema bipartidista imperfecto: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de centroizquierda y orientación socialdemócrata, y el Partido Popular (PP), de centroderecha y orientación conservadora. España utiliza un sistema de representación proporcional en lugar de uno mayoritario, pero su diseño —en particular, la existencia de circunscripciones relativamente pequeñas— favoreció tradicionalmente a los grandes partidos, reforzando la competencia bipolar. Esta estructura contribuyó a la estabilidad, pero limitó el espacio institucional para movimientos emergentes e identidades políticas alternativas.
La crisis financiera global de 2008, conocida como la Gran Recesión, alteró este equilibrio. El aumento del desempleo, la precariedad laboral, las medidas de austeridad y la percepción de corrupción debilitaron la confianza en los partidos tradicionales y abrieron el camino hacia un sistema multipartidista más fragmentado. Este cambio creó condiciones favorables para actores populistas tanto de izquierda como de derecha, así como para partidos territoriales cuya influencia creció en un contexto de fragmentación parlamentaria.
Conceptualizaciones del populismo en el debate español
En España, como en gran parte de Europa, el término “populismo” se utiliza ampliamente en el debate público, pero a menudo de manera imprecisa y con connotaciones despectivas. Políticos y periodistas recurren con frecuencia al término para deslegitimar a sus adversarios o asociarlos con tradiciones extremistas (Griffin, 1991, p. 26).
A partir de la influyente definición de Mudde (2004), el populismo se entiende comúnmente como una ideología de núcleo delgado que divide la sociedad en dos “el pueblo puro” frente a “la élite corrupta” y sostiene que la política debe expresar la voluntad general (Olivas Osuna, 2021). Esta perspectiva enfatiza la moralización: en el sentido de que los desacuerdos dejan de presentarse como diferencias legítimas entre proyectos o programas alternativos y pasan a interpretarse como una confrontación ética entre actores moralmente virtuosos y actores moralmente desviados. La política deja así de concebirse como una competencia plural entre intereses diversos para convertirse en una disputa sobre quién encarna la legitimidad democrática y quién la traiciona.
Al mismo tiempo, otras investigaciones conceptualizan el populismo como una estrategia política. Weyland (2001, p. 14) lo define como un modo de liderazgo en el que un líder busca o ejerce autoridad mediante el apoyo directo o desinstitucionalizado de grandes masas débilmente organizadas. Los estudios sobre el populismo en España también subrayan sus rasgos comunicativos; apelaciones emocionales, simplificación y retórica polarizadora especialmente en entornos mediados digitalmente (Olivas Osuna, 2021). En lugar de tratar ideología, estrategia y estilo como definiciones contrapuestas, la literatura española tiende cada vez más a considerarlas analíticamente complementarias (Olivas Osuna, 2021): el populismo puede identificarse por su lógica de movilización directa y su puesta en escena de la crisis y la confrontación (Moffitt, 2016).
Una complicación conceptual crucial en España es la relación entre populismo y nacionalismo. Aunque son analíticamente distintos, ambos fenómenos suelen solaparse y reforzarse mutuamente (Brubaker, 2020, pp. 44–45). Este solapamiento es relevante porque España alberga múltiples proyectos nacionales dentro de un mismo espacio político. El nacionalismo de Estado suele presentarse como cívico y constitucional —centrado en la igualdad jurídica, la soberanía nacional y la legitimidad democrática— mientras que los nacionalismos periféricos enfatizan identidades culturales diferenciadas y reivindicaciones de autodeterminación. La coexistencia de estos proyectos genera un entorno en el que las narrativas de “pueblo contra élite” se articulan fácilmente en torno a disputas sobre territorio y soberanía.
En la España contemporánea, el nacionalismo opera menos como una posición ideológica fija que como un marco relacional estructurado por el conflicto territorial. La fractura centro–periferia se intensifica periódicamente, de manera especialmente visible durante la crisis independentista catalana de la década de 2010. Este episodio se agravó entre 2012 y 2017 e incluyó la movilización del movimiento independentista, el referéndum unilateral de octubre de 2017 y la confrontación institucional entre las autoridades catalanas y el Estado español. En este contexto, el nacionalismo de Estado se vuelve particularmente saliente cuando la integridad nacional se percibe amenazada —ya sea por movimientos secesionistas, por percepciones de una autonomía regional excesiva, por la migración presentada como culturalmente incompatible, o por la corrupción y políticas consideradas como privilegio de determinados territorios o grupos (Populism and Independence Movements in Europe, 2020; Turnbull-Dugarte, 2019).

Dado que el conflicto nacionalista suele proporcionar la “sustancia” del antagonismo político, el debate público tiende en ocasiones a equiparar populismo y nacionalismo. Sin embargo, la investigación reciente subraya que el populismo en España no debe reducirse a retórica extrema o comportamientos de protesta. Constituye una lógica política capaz de reconfigurar la competencia partidista, movilizar el descontento y redefinir los límites de la legitimidad democrática (Küppers, 2024; Olivas Osuna, 2021). Esta distinción es especialmente pertinente en el caso de Vox, donde el marco nacionalista no sustituye al populista, sino que lo refuerza, intensificando la construcción moral dicotómica entre un “pueblo” homogéneo y sus supuestos adversarios.
Actores y dinámicas competitivas: por qué Vox domina la fase actual
El populismo sigue siendo un rasgo significativo de la política española, aunque su prominencia varía entre partidos y regiones. Desde la ruptura del sistema bipartidista, actores populistas tanto de izquierda como de derecha han influido en la agenda política. Sin embargo, en la fase actual, Vox, partido de derecha radical fundado en 2013, constituye el actor populista más dinámico y disruptivo. No se trata únicamente de una valoración normativa, sino que responde a diferencias en la trayectoria política y la posición institucional de los partidos.
Podemos, formación de izquierda surgida en 2014 tras el ciclo de movilización del 15-M, movimiento de protesta ciudadana iniciado en mayo de 2011 contra la austeridad, la corrupción y la crisis de representación política, ha experimentado procesos de moderación e integración parcial en el gobierno, lo que ha diluido su encuadre populista inicialmente confrontacional. Vox, por el contrario, ha mantenido en gran medida una posición de oposición y moviliza narrativas excluyentes en torno a la identidad nacional, la inmigración y la unidad territorial. Como resultado, Vox dispone de una notable capacidad de fijación de agenda y de influencia en la negociación de coaliciones, con implicaciones para principios liberal-democráticos como el pluralismo, la igualdad y los derechos tanto a nivel nacional como autonómico.
Populismo de izquierda: 15-M, Podemos y la reconfiguración de la izquierda
El populismo de izquierda en España está estrechamente vinculado al movimiento 15-M (también conocido como movimiento de los Indignados) y a sus consecuencias posteriores. Las raíces de este ciclo se conectan con el colapso económico de 2008, que generó una intensa inseguridad social. El desempleo pasó del 8,2 % en 2007 a más del 26 % en 2013, el desempleo juvenil superó el 55 % en su punto álgido (Eurostat, 2017) y el PIB se contrajo casi un 9 % entre 2008 y 2013 (Martí & Pérez, 2016). La austeridad y el desempleo crearon las condiciones para una movilización a gran escala.
El 15-M fue un movimiento ciudadano de protesta surgido en mayo de 2011, caracterizado por ocupaciones de plazas públicas y asambleas abiertas en numerosas ciudades españolas. Su nombre hace referencia a las manifestaciones coordinadas del 15 de mayo de 2011. Se trató de una movilización heterogénea y transversal que denunciaba la corrupción, la falta de representación política y los efectos sociales de la crisis económica bajo el lema “Democracia real ya”. Inspirado en parte en el manifiesto Indignez-vous! (2011) de Stéphane Hessel, diplomático, escritor y antiguo miembro de la Resistencia francesa, el movimiento se posicionó contra el sistema de partidos establecido y promovió nuevas formas de participación política basadas en asambleas deliberativas, toma de decisiones colectiva y participación colaborativa (Prentoulis & Thomassen, 2013). Las plataformas digitales y las redes sociales fueron centrales para su rápida expansión (Anduiza et al., 2014), y su repertorio tuvo resonancia internacional, influyendo en movilizaciones como Occupy en Estados Unidos y en los campamentos de protesta en Grecia.

Podemos se fundó en 2014 como un intento de traducir esta crisis de legitimidad en un proyecto político organizado. Sus fundadores buscaron inicialmente trascender la división convencional izquierda–derecha, enmarcando la política como una confrontación entre “la gente” y “la casta” (Errejón & Mouffe, 2016). Con el tiempo, el partido adoptó una orientación claramente de izquierda y defendió políticas como un mayor gasto social, fiscalidad progresiva, una renta mínima garantizada, mayores protecciones laborales, democracia participativa y control público de sectores estratégicos. El conjunto más amplio del populismo de izquierda incluyó también actores como Más País (surgido de una escisión de Podemos) y Catalunya en Comú (que a menudo cooperó electoralmente con Podemos), lo que ilustra cómo el ciclo del 15-M reestructuró la izquierda tanto organizativa como discursivamente.
La entrada de Podemos en el gobierno de coalición PSOE–Unidas Podemos (2020–2023) demostró que la retórica populista puede traducirse en poder político formal y operar dentro de las limitaciones institucionales (Olivas Osuna, 2021, p. 7). Sin embargo, la participación institucional también contribuyó a procesos de moderación y a tensiones internas y, tras su paso por el gobierno, la fragmentación y el retroceso electoral llevaron a una nueva reconfiguración. En este contexto, Sumar emergió en 2023 como una coalición de izquierda más amplia y pragmática que integra a sectores de Podemos junto con otros actores progresistas, enfatizando la gobernabilidad y el consenso programático por encima de la retórica populista confrontacional.
Populismo de derecha: Vox y el fin del “excepcionalismo”
Durante años, España fue presentada a menudo como una anomalía en Europa debido a la ausencia de un partido populista de derecha radical fuerte (Alonso & Rovira-Kaltwasser, 2015). Esta percepción cambió tras el avance de Vox en las elecciones autonómicas andaluzas de diciembre de 2018, seguido de su consolidación en los comicios nacionales. La investigación señala cómo la fragilidad política, los escándalos de corrupción y la crisis catalana —es decir, el conflicto independentista que culminó en el referéndum unilateral de octubre de 2017 y la posterior confrontación institucional entre el gobierno catalán y el Estado español— crearon condiciones favorables para el crecimiento de Vox, permitiéndole presentarse como una fuerza capaz de restaurar el orden y la soberanía nacional frente a la fragmentación territorial (Turnbull-Dugarte, 2019; Rama et al., 2021).
Vox combina narrativas nacionalistas, nativistas y populistas que enmarcan la política como un conflicto entre los españoles corrientes y unas élites antiespañolas (Brubaker, 2020, p. 50). La inmigración ocupa un lugar central en este encuadre: se presenta como una amenaza para la cohesión nacional, la seguridad pública y la sostenibilidad del Estado de bienestar, lo que permite a Vox trazar fronteras simbólicas en torno a un “pueblo” nacional homogéneo y retratar a las élites como cómplices en la erosión de la soberanía y el orden social. Turnbull-Dugarte (2019) sostiene que las actitudes hacia la inmigración y la identidad nacional fueron cruciales para el ascenso electoral de Vox y para el fin del “excepcionalismo” español en relación con la derecha radical.
En términos electorales, Vox obtuvo 52 escaños con alrededor del 15 % de los votos en las elecciones generales de noviembre de 2019, convirtiéndose en la tercera fuerza política.[1] Sin embargo, en las elecciones generales de 2023 su representación descendió a 33 escaños y alrededor del 12 % del voto en el Congreso de los Diputados. Su influencia se extiende más allá de la representación nacional hacia la política autonómica es decir, el nivel de gobierno de las comunidades autónomas españolas, que cuentan con parlamentos y ejecutivos propios en áreas como educación, sanidad y servicios sociales, donde ha apoyado o participado en gobiernos en Extremadura, Aragón, Castilla y León y la Comunidad Valenciana, alterando acuerdos de coalición establecidos y reconfigurando alianzas.

Siguiendo a Cheddadi El Haddad y León Ranero (2022), la política migratoria de Vox se entiende mejor no como un rechazo indiscriminado de la inmigración, sino como una selectividad étnica. Vox articula un discurso bimodal que legitima condicionalmente la inmigración procedente de grupos culturalmente próximos —especialmente latinoamericanos— mientras construye a otras poblaciones migrantes, en particular de origen musulmán, como culturalmente incompatibles y socialmente amenazantes. Esto ilustra cómo los binarismos populistas de “pueblo contra élite” pueden reforzarse mediante la construcción de fronteras culturales.
Partidos territoriales y dinámicas populistas subestatales
Además de los partidos de ámbito estatal, el sistema de partidos español incluye formaciones territoriales y nacionalistas influyentes, como ERC (izquierda independentista), Junts (centroderecha independentista), PNV (centroderecha autonomista) y EH Bildu (izquierda independentista). Su papel es crucial en contextos de fragmentación parlamentaria, ya que pueden condicionar la formación de gobierno y los resultados legislativos.
También pueden identificarse elementos populistas en sectores de los movimientos secesionistas catalán y vasco, que a menudo presentan a las instituciones centrales como élites ilegítimas que actúan en contra de las poblaciones locales. En Cataluña, comunidad autónoma situada en el noreste de España, el Estado español es frecuentemente enmarcado como una élite que obstaculiza la autodeterminación democrática (García Segura, 2017). En el País Vasco, comunidad autónoma del norte de España con un fuerte nacionalismo histórico, el discurso nacionalista-populista puede presentar el conflicto como una lucha moral que contrapone la “buena” gobernanza de las instituciones vascas frente a la corrupción y la política espectáculo del Estado español; este encuadre moral se utiliza para justificar demandas de mayor autogobierno y de un renovado Estatuto de Autonomía (Azkune, 2020). Los análisis de la retórica regional confirman la recurrencia de temas como el pueblo virtuoso frente a élites internas o externas en los movimientos nacionalistas (Casas-Mas, Rodríguez-Sáez & Gutiérrez, 2025).
Forti (2020) sostiene que el procés catalán, término utilizado para referirse al proceso político e institucional orientado a la independencia de Cataluña desarrollado principalmente entre 2012 y 2017, debe entenderse como una manifestación de la ola populista más amplia que ha afectado a las democracias occidentales desde finales de la década de 2000. El procés implicó tanto movilización masiva como conflicto institucional durante la década de 2010 y reprodujo dinámicas centrales del populismo: una oposición moralizada entre un “pueblo catalán” homogéneo y una élite externa ilegítima (las instituciones centrales españolas), una apelación a una noción ilimitada de soberanía popular y la reducción del pluralismo interno mediante el encuadre de la disidencia como traición.
Condiciones de demanda: desconfianza, polarización y entorno informativo
Estas expresiones de populismo se desarrollan en un contexto más amplio caracterizado por el descontento ciudadano, la polarización y la desconfianza en las instituciones, condiciones que crean un terreno fértil para las narrativas populistas (Olivas Osuna, 2021, p. 9). La evidencia de encuestas ilustra este entorno con detalle.
El Eurobarómetro (2023) informa que en España el 90 % de los encuestados expresa poca o ninguna confianza en los partidos políticos, el 73 % en el gobierno y el 70 % en los medios de comunicación. Estas cifras superan las medias de la UE (60 %, 54 % y 53 %, respectivamente), lo que indica un nivel comparativamente alto de escepticismo institucional. La desconfianza se mide mediante preguntas estándar sobre el grado de confianza en instituciones, con respuestas que van desde “mucha” hasta “ninguna”. En la última década, la desconfianza hacia los partidos políticos aumentó desde aproximadamente el 75 % en 2013 hasta el 90 %, reflejando una creciente desafección tras la crisis del euro y los reiterados escándalos de corrupción. Las cifras comparadas muestran variaciones: Francia registra un 68 % de desconfianza en los partidos, Alemania un 55 %, Suecia un 40 % y Polonia un 72 % (Eurobarómetro, 2023). Aunque cierto escepticismo puede considerarse normal en las democracias, niveles sostenidos y elevados de desconfianza generan condiciones permisivas para discursos deslegitimadores y encuadres alarmistas.
Este entorno se ve amplificado por la percepción de desinformación. Según el Eurobarómetro (2023), el 78 % de los españoles declara encontrarse con frecuencia con noticias engañosas o falsas, y el 83 % considera que la desinformación constituye un problema grave. Estas percepciones son relevantes para la política populista, ya que refuerzan narrativas según las cuales los medios establecidos y las élites actúan como intermediarios poco fiables, legitimando así la comunicación directa y las reivindicaciones de autenticidad propias de actores “outsider”.
Ferrero (2019), basándose en barómetros del CIS, muestra que la desconfianza hacia los partidos políticos —ya persistentemente alta— aumentó de forma acusada tras la crisis de 2008 y se mantuvo en niveles muy elevados durante la década de 2010. La desconfianza hacia instituciones representativas como el Parlamento y el Gobierno también creció sustancialmente en comparación con los niveles de principios de los años 2000.
Dinámicas de oferta: comunicación digital y estilo populista
La expansión de las redes sociales y de las nuevas tecnologías de comunicación ha permitido a los actores populistas difundir mensajes directos, simplificados y emocionalizados sin intermediarios. En España, esta transformación interactuó con el conflicto territorial vinculado al proceso independentista catalán, que culminó en el referéndum unilateral de octubre de 2017 y la posterior confrontación institucional entre el gobierno catalán y el Estado español, así como con la desconfianza generada tras la crisis económica y financiera iniciada en 2008. Este contexto facilitó tanto el ascenso inicial del populismo de izquierda como el rápido crecimiento de Vox tras 2018.
La evidencia empírica respalda el papel del estilo digital en la movilización de Vox. Domínguez-García et al. (2025) encuentran que casi el 70 % de las publicaciones en redes sociales relacionadas con la campaña de Vox contienen al menos un elemento antagonista como ataques directos a adversarios políticos o instituciones y están enmarcadas a través de emociones movilizadoras, predominando la indignación, el orgullo y la ira. Este estilo comunicativo se asocia con niveles significativamente más altos de interacción y difusión, especialmente en plataformas orientadas a lo visual como Instagram y TikTok.
El alcance digital del partido también resulta llamativo. A enero de 2026, la cuenta oficial de Vox en Instagram cuenta con 817,1 mil seguidores, frente a 170,4 mil del PSOE y 72,3 mil del PP. Este desequilibrio sugiere que los simpatizantes de partidos populistas no solo son activos en línea, sino que además están desproporcionadamente expuestos a mensajes políticos directos y emocionalizados, amplificando las narrativas populistas en comparación con sus competidores tradicionales.
Estos hallazgos se alinean con la literatura más amplia que destaca rasgos recurrentes del populismo: narrativas binarias, conflicto moralizado y construcción de “otros” amenazantes frente a los cuales se define “el pueblo” (Moffitt, 2016, p. 26). En España, estos rasgos aparecen en distintas posiciones ideológicas, pero resultan especialmente visibles en la comunicación digital de Vox, donde el antagonismo funciona tanto como contenido del mensaje como técnica de movilización.
Narrativas dominantes y variación ideológica
Si bien la política democrática implica inherentemente la impugnación del poder de las élites y la exigencia de rendición de cuentas, el populismo se diferencia por transformar la competencia política en una disputa sobre la legitimidad, enfrentando a un “pueblo” virtuoso y homogéneo con una “élite” corrupta o interesada, rechazando a menudo restricciones liberal-democráticas como el pluralismo y la mediación institucional (Mudde, 2004). En España, esta lógica populista atraviesa fronteras ideológicas. Olivas Osuna (2021) muestra que el encuadre antagonista aparece en partidos de izquierda, de derecha y en movimientos nacionalistas subestatales, aunque sus proyectos ideológicos difieren sustancialmente.
En la izquierda, Podemos articuló históricamente una narrativa populista de carácter socioeconómico centrada en la desigualdad, la regeneración democrática y la denuncia de “la casta”. Su discurso inicial contribuyó a normalizar el anti-elitismo y a moralizar el conflicto político, enmarcando la política como una lucha por la legitimidad más que como un desacuerdo ideológico convencional (Olivas Osuna, 2021, p. 7). En la derecha, Vox combina el anti-elitismo con una fuerte defensa de la unidad nacional. Presenta al establishment político como responsable de la desintegración territorial y de la erosión de los valores tradicionales (Vampa, 2020), utilizando la identidad nacional para construir un pueblo homogéneo imaginado como amenazado (Olivas Osuna, 2021). Su retórica se dirige contra los movimientos independentistas regionales y contra lo que percibe como un trato territorial desigual, enmarcando estas dinámicas como amenazas a la cohesión y a la identidad compartida. Esta narrativa resulta eficaz porque se apoya en percepciones de amenaza territorial y cultural y ofrece a los votantes un sentido de agencia, pertenencia y protección.
Populismo e influencia en las políticas públicas: efectos directos y desbordamiento
El populismo en España ejerce una influencia moderada pero tangible en las políticas gubernamentales, principalmente mediante la configuración del debate, la fijación de la agenda y la presión sobre los partidos tradicionales para adoptar determinadas posiciones. Incluso sin mayorías consistentes en el gobierno, las narrativas populistas y la fuerza electoral influyen en las prioridades políticas.
En la derecha, Vox ha influido en la elaboración de políticas a nivel nacional y autonómico desde su entrada en el Parlamento en 2019. Su discurso, centrado en la unidad nacional, los valores tradicionales y el encuadre anti-elitista, ha presionado principalmente a sus socios de gobierno en el ámbito autonómico, es decir, en los ejecutivos de las comunidades autónomas españolas, dado que no ha formado parte del gobierno central. Asimismo, ha influido en partidos conservadores tradicionales a nivel nacional para que adopten posturas más estrictas en materia de inmigración, seguridad y centralización (Brubaker, 2020; Vampa, 2020).
A nivel nacional, ha impulsado un endurecimiento de los controles migratorios, incluyendo una mayor vigilancia fronteriza y la reducción de cuotas de asilo. En gobiernos autonómicos, especialmente allí donde Vox ejerce influencia mediante acuerdos parlamentarios, su presencia ha contribuido a políticas que promueven la centralización de competencias en educación y fuerzas de seguridad, así como medidas que enfatizan la identidad española. Estas dinámicas ilustran un efecto de desbordamiento: el encuadre populista puede moldear agendas legislativas, asignaciones presupuestarias y prioridades administrativas más allá del número directo de escaños de un partido.
En la izquierda, la entrada de Podemos en el gobierno de coalición en 2020 le permitió institucionalizar parte de su agenda socioeconómica, incluyendo la expansión del Estado de bienestar, medidas anti-austeridad y reformas orientadas a la transparencia (Olivas Osuna, 202). La posterior reconfiguración del espacio a la izquierda del PSOE tras las elecciones de 2023, con la formación de Sumar, redujo el peso institucional directo de Podemos, aunque su ciclo de gobierno mostró cómo las ideas populistas pueden traducirse en resultados legislativos cuando los partidos acceden a espacios ejecutivos, incluso si ese acceso tiende a moderar su estilo.
La influencia indirecta es igualmente importante. El populismo moldea actitudes públicas y discursos políticos, generando presión sobre los partidos tradicionales para responder a cuestiones enmarcadas en términos populistas. La desigualdad, la corrupción y las tensiones territoriales siguen siendo centrales en parte porque se movilizan reiteradamente a través de narrativas populistas a lo largo del espectro ideológico (Olivas Osuna, 2021; Casas-Mas, Rodríguez-Sáez & Gutiérrez, 2025). Los partidos tradicionales pueden adoptar elementos retóricos del populismo como simplificación, apelaciones emocionales, contrastes morales para competir por la atención. Los partidos de izquierda pueden intensificar marcos anti-corrupción y de injusticia social reminiscentes de Podemos; los actores de derecha pueden incorporar tropos nacionalistas o anti-establishment similares a los de Vox. De este modo, el populismo contribuye a un entorno en el que el conflicto moralizado estructura el debate incluso más allá de los partidos comúnmente etiquetados como “populistas”.
Respuestas partidistas y perspectivas futuras: apoyo democrático, nuevos actores y riesgos
Los partidos tradicionales responden a los desafíos populistas en un contexto de creciente polarización y disputa sobre la legitimidad democrática. Las narrativas confrontativas —la crítica de Podemos al orden surgido de la Transición, el antagonismo de Vox hacia inmigrantes y separatistas, y los encuadres secesionistas del Estado español— empujan a los partidos tradicionales a defender la legitimidad institucional y los principios constitucionales, al tiempo que se adaptan a un entorno mediático más antagonista.
Predecir el futuro del populismo en España sigue siendo difícil. Maza y Hierro (2025) sostienen que varios factores podrían reforzar a la derecha radical populista, entre ellos la persistencia del conflicto territorial, la difusión de partidos de derecha radical en Europa y los recurrentes escándalos de corrupción que afectan a partidos tradicionales. Las percepciones sobre migración y merecimiento del bienestar también pueden sostener el apoyo a la derecha radical (Maza & Hierro, 2025).
Al mismo tiempo, los cambios en las actitudes democráticas entre la juventud generan preocupación. Lorente y Jiménez-Bravo (2025) documentan un descenso del apoyo a la democracia entre jóvenes españoles, especialmente entre hombres jóvenes y jóvenes de perfil centrista con alta exposición a redes sociales. Utilizando datos longitudinales del CIS e indicadores estándar de preferencia de régimen, muestran que la proporción de encuestados de 18 a 24 años que consideran que la democracia es preferible descendió de más del 80 % en 2019 a alrededor del 76 % en 2024, mientras que quienes consideran aceptables alternativas autoritarias “en determinadas circunstancias” aumentaron hasta casi el 14 %. Esta erosión del apoyo democrático difuso es más pronunciada entre hombres jóvenes, que tienden a consumir más contenido político polarizador en línea (Lorente & Jiménez-Bravo, 2025).
La aparición de Aliança Catalana ilustra cómo la competencia populista puede intensificarse a nivel subestatal. Aunque todavía limitada electoralmente, su rápido ascenso desde una plataforma local hasta la representación parlamentaria señala el potencial de consolidación de un actor nacionalista-populista excluyente en la política catalana. Su discurso combina nacionalismo secesionista con marcos anti-inmigración y anti-élite, apoyándose en agravios identitarios y en el descontento con los partidos independentistas establecidos. Desde una perspectiva prospectiva, este desarrollo sugiere que las dinámicas populistas en España no solo pueden persistir a nivel estatal, sino también profundizarse en los ámbitos territoriales, contribuyendo a una mayor polarización y a la normalización de narrativas iliberales.
Conclusión
El populismo en España se ha desarrollado a través de oleadas interconectadas marcadas por la crisis económica, la desconfianza institucional, el conflicto territorial y la transformación de la comunicación política. Conceptualmente, se entiende mejor como un fenómeno multidimensional que combina un binarismo moral entre “pueblo” y “élite” (Mudde, 2004), una estrategia basada en el apoyo directo (Weyland, 2001) y un estilo performativo que dramatiza el conflicto y moviliza emociones (Moffitt, 2016), cada vez más analizado como un marco integrado en la literatura española (Olivas Osuna, 2021).
Empíricamente, España muestra cómo el populismo puede emerger tanto de crisis socioeconómicas como territoriales. El populismo de izquierda —vinculado al 15-M y a Podemos— contribuyó a normalizar el anti-elitismo y a reconfigurar la izquierda, experimentando posteriormente un proceso de institucionalización mediante su participación en gobiernos de coalición (Olivas Osuna, 2021). El populismo de derecha —consolidado por Vox— puso fin al supuesto excepcionalismo español (Alonso & Rovira-Kaltwasser, 2015) y se ha convertido en el actor más disruptivo del ciclo actual, combinando nacionalismo, nativismo y encuadre anti-elitista (Brubaker, 2020; Turnbull-Dugarte, 2019) con fuertes dinámicas de movilización digital (Domínguez-García et al., 2025).
El populismo español es además multinivel: movimientos y partidos subestatales han movilizado lógicas populistas a través del conflicto centro–periferia, siendo el procés catalán un caso clave de reivindicaciones soberanistas moralizadas y legitimidad disputada (Forti, 2020). En términos de políticas públicas, la influencia del populismo es a menudo indirecta pero significativa, operando mediante la fijación de agenda, la capacidad de negociación en coaliciones y el desbordamiento discursivo que presiona a los partidos tradicionales a adaptarse (Brubaker, 2020; Vampa, 2020; Casas-Mas, Rodríguez-Sáez & Gutiérrez, 2025).
En definitiva, el horizonte futuro está determinado tanto por factores políticos como sociales: la persistencia del conflicto territorial y los riesgos de corrupción, la evolución de las actitudes hacia la migración (Maza & Hierro, 2025), los cambios en el apoyo democrático entre la juventud (Lorente & Jiménez-Bravo, 2025) y la aparición de nuevos actores radicales como Aliança Catalana. En conjunto, el caso español ilustra cómo el populismo puede reconfigurar la competencia democrática no solo modificando el sistema de partidos, sino también transformando la manera en que la legitimidad, la identidad y el conflicto político se narran en la esfera pública.
Bibliography
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1] En las elecciones generales de noviembre de 2019, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se convirtió en la fuerza más votada con 120 escaños (28,0 % de los votos), seguido por el Partido Popular (PP) con 89 escaños (20,8 %). Vox obtuvo 52 escaños con aproximadamente el 15 % de los votos, convirtiéndose en la tercera fuerza parlamentaria.